Ya ha pasado mucho tiempo, o quizá no tanto, aunque a mí me parecen eternidades, miles de serpientes mordiéndose la cola, trazando un sinuoso camino en blanco y negro hasta el infinito. Ha pasado demasiado tiempo y ya no sé perderme en iris de lapislázuli, ya no sé sonreír sin que un demonio se deslice por mi lengua y trunque la línea curva de mis labios. Ya no sé si soy humano o un muñeco con un solo sentimiento implantado en un cerebro de plástico, un solo sentimiento que deriva en todos los demás. Una misma base con distintas terminaciones, como un virus, adoptando diferentes mutaciones para adaptarse a todas las facetas de mi vida, al tiempo que va pudriendo las pocas células sanas que me quedan, si es que todavía me queda alguna.
Estoy enfermo de Ti. Y no digo enfermo con todos esos matices románticos que se le suelen atribuír a esa expresión; no estoy enfermo de amor, de suspirar a la luna por un ideal perdido, de perderme en recuerdos plasmados en fotos de caras sonrientes y despreocupadas. Esa sólo es la parte bonita, poéticamente bella, aquella que inspiraría todos los versos de poetas malditos, que pintaría con pinceladas grises las estampas más melancólicas del mundo, que robaría trozos de alma para diluirlos en tristes melodías; de no ser por esa otra parte horrible, mezquina, tan manchada de hollín que consume todos los bocetos de mi gran obra a medias, de mi cuento sin final. Un montón de historias inacabadas reducidas a cenizas, después de que la niña indefensa enseñase sus dientes al lobo y trastocara todos los finales, felices y tristes, convirtiéndolos en un borrón informe, desgastando tanto el papel que ya es imposible dibujar un nuevo cielo sobre las ruinas que vomitó la tormenta.
Carbón sobre un lienzo quemado...
Estoy corrupto, incompleto. Sabía que acabarías marchándote, supongo. Lo sabía, aunque intentaba negarlo por todos los medios, simplemente no cabía en mi cabeza que pudiera ocurrir, a pesar de que era consciente de que todo principio tiene un final. También sabía que no te irías con las manos vacías. Pero no imaginaba que quisieras llevarte precisamente eso que me hacía feliz, aquella coraza de la que tanto te hablé, la que me ayudaba a no sentir demasiado.
La arrancaste de cuajo, y en ese músculo débil que palpita a borbotones aún permanecen las marcas de tus uñas, sangrando cada vez que intenta latir un poco más fuerte. Conservo tus estigmas, admirándolos cuando están apagados, odiándolos y amándolos al mismo tiempo cada vez que vuelven a cuartear mi piel, cada vez que vuelven para matarme un poco más, forzándome a buscar tu abrazo en la penumbra.
Porqué no puedo enterrarte de una vez por todas, como has hecho tú conmigo. Porqué no puedo llenar tu vacío con un montón de caras, de nombres, de risas, y relegarte únicamente a esa fotografía desde la que todavía me clavas la mirada. Porqué no puedo romperla en mil pedazos, porqué no puedo quitarla de todas las paredes contra las que me he ido estrellando en estos dos años.
Dos años, dos años...pensé que tardaría menos en olvidarte, cuando empezó todo esto. Ahora que ese tiempo pesa sobre mis párpados, puedo asegurar que eso no va a pasar nunca. Porque simplemente no eras tú. Tú ahora estás lejos, lejos, y ya no formas parte de mi vida. Eras todo lo que impregnabas en mí, eras aquel sentimiento que me hacía ser quien era, y que degeneró en el monstruo que ahora me posee. La que me elevó a la cumbre más alta y hermosa para después sepultarme en la fosa más profunda que pudo encontrar, esperando que allí me devoraran los gusanos. Y lo hicieron, y lo siguen haciendo, y cada día me arrebatan una parte tan minúscula, que sólo sigo vivo para ser testigo de cómo me sigo consumiendo, imparablemente, sin que pueda hacer nada por evitarlo.
Y como postre, un corazón podrido. El manjar final, el más exquisito, el más doloroso...
No hay comentarios:
Publicar un comentario